Mario Rojas R.
En una escena de la película, luego de haber extraído de los cuerpos la parte que necesitaba, el doctor Victor Frankenstein, sin mostrar emoción alguna, apila los cadáveres como si fueran costales de papas.
En otra secuencia, la criatura creada por el científico cuando sale de su escondite y convive con un anciano, le toma la mano y la pone sobre su cabeza, como señal de cariño.
Esa dualidad: el humano comportándose monstruosamente y la criatura mostrando sentimientos de bondad, es parte esencial de la narrativa que propone Guillermo del Toro en su versión de Frankenstein. El cineasta mexicano retoma la novela de Mary Shelley para proponer una visión íntima y dolorosamente humana sobre la paternidad.
Ya hace dos siglos, a sus escasos 18 años, cuando publicó la novela, la joven escritora filosofaba sobre la ética en la ciencia, la exclusión de lo diferente, el aislamiento social y la venganza.
Del Toro, apasionado del cine fantástico y del terror gótico, retoma la historia del científico que se cree Dios para ofrecer su propia versión de este relato varias veces llevado a la pantalla.

La huella de Del Toro es inconfundible: Una puesta en escena grandilocuente, dramática, romántica, de hombres como los verdaderos monstruos, de criaturas abandonadas que intentan comprender el mundo.
En realidad, discursivamente no ofrece nada nuevo, es decir, están ahí las preocupaciones que externó en su historia la novelista británica y las sucesivas adaptaciones que se han hecho a lo largo de los años: ¿Quién soy? ¿Cuál es mi lugar en el mundo? ¿Qué sentido tiene la vida? Preguntas a las que la humanidad entera sigue tratando de encontrarles respuestas.
La aportación de Del Toro está en el plano estético, en la creación de ese universo gótico que construyó: decorados, vestidos, efectos especiales.
Desde la perspectiva visual, la cinta es hermosa, bastante atractiva, en la que se nota que el director tapatío le invirtió no sólo una enorme cantidad de dinero, sino también una meticulosidad extrema para que cada detalle apareciera justo como lo imaginó.
Mención aparte merecen las actuaciones. Oscar Isaac, como el doctor Frankenstein, y Jacob Elordi, como “la criatura”, tienen un desempeño notable y conmovedor. Uno y otro actúan con una emoción que se contagia más allá de la pantalla.
La cinta se estrenó por Netflix a principios de mes, pero aún continúa en cartelera. La recomendación es verla en la pantalla gigante para apreciar mejor todo ese trabajo estético y sonoro que realzan la propuesta fílmica.
Quien esto escribe acudió a la Cineteca para disfrutar de este Frankenstein, pero quiso la suerte que se descompusiera el proyector y a media función tuviéramos que abandonar la sala. El final lo vi en la comodidad de mi hogar, pero para apreciar la película hay un mundo de diferencia entre la sala de mi casa y la sala del cine.





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