Uno de los oficios más representativos de nuestro país, pero también el más olvidado es, sin duda alguna, el del organillero. Se trata de un personaje que ya forma parte de nuestra identidad y cultura y que podemos encontrar en las calles de muchas de nuestras ciudades portando un uniforme café muy parecido al que usó el ejército de Pancho Villa y que tiene como función tocar un instrumento de madera llamado organillo.

Pues para celebrar este oficio y su importancia el pasado fin de semana se celebró el III Festival de Organilleros de la Ciudad de México que reunió a más de 40 organilleros de la Unión de Organilleros de México y a chinchineros de Chile en donde se realizaron pláticas en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de México (UNAM), bailes folclóricos, un desfile, una muestra musical y la presentación de la exposición fotográfica “Óptica del organillo, Calles, Historias y Organillos” de Alfonso Martínez, Erick Bermúdez, José Cruz, Leonardo Guerra y Asesoría Óscar Ríos alrededor del Kiosco de la Alameda Central.
Pero ¿qué es el organillo y cómo llegó a México?
El organillo es un instrumento musical de madera de origen alemán que consta de puntillas de bronce que reproducen el sonido de melodías. Llegó a nuestro país en el siglo XIX con familias de migrantes alemanes, sobre todo, de manos de los dueños de la casa de instrumentos musicales Wagner y Levien, quienes los rentaban a personas que quisieran ganar dinero tocándolos en plazas públicas. Rápidamente, a los organillos se les fueron añadiendo melodías mexicanas como “Rancho Alegre”, “Dos hojas sin rumbo” y “La cucaracha” y se fueron convirtiendo en parte de nuestra cultura. Actualmente, solo tres países en Latinoamérica continúan con esta tradición de organilleros: Chile, Argentina y México.





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