Jueves por la noche en la Ciudad de México. Afuera, el tráfico se arrastra entre inundaciones y marchas de maestros. Adentro, en el Teatro Milán, en pleno Centro Histórico, el tiempo se suspende. Estoy por entrar a ver Las Meninas, una obra que ha resistido las modas teatrales, los ciclos escolares y los cambios de sexenio. Una obra que no es exactamente una obra, sino un ritual escénico lleno de historia, sátira, lentejuela y verdad.

La función empieza y pronto me doy cuenta de que esto no se parece a nada que haya visto antes. Hay música, hay humor, hay denuncia, y, sobre todo, hay una libertad escénica que desborda la cuarta pared. Lo que sucede en el escenario es una mezcla viva de crítica histórica y cultura pop, donde los personajes del pasado desfilan sin solemnidad, con un guiño cómico, pero también con una carga de profundidad que incomoda. Y eso se agradece.

Esta temporada se llama “Los plebeyos también lloran, después de la Revolución”, y desde el título ya sabemos que aquí se viene a reír, pero no en automático. Se trata de una tragicomedia que toma prestado el lenguaje del cine de oro mexicano, con sus melodramas, sus clases sociales enfrentadas, sus arquetipos exagerados. Las Meninas lo explican sin rodeos: esto es un homenaje, sí, pero también una parodia del melodrama que nos formó como país.

Y como en todo melodrama, hay dolor, hay pasión, hay personajes que no son lo que parecen. Hernán Cortés, la Virgen de Guadalupe, Santa Anna, La Güera Rodríguez, Leona Vicario… todos se suben a escena para contarnos su versión, muchas veces incómoda, muchas veces silenciada. Aquí no hay próceres inmaculados ni leyendas intocables. Hay figuras humanas, contradictorias, con una historia que pide ser contada desde otro lugar.

El punto de partida, me cuentan después, fue el cuadro de Velázquez: Las Meninas. Pero no tanto por la pintura en sí, sino por la palabra. Menina, en portugués, significa “señorita de sociedad”. Y claro, ellas son Las Meninas porque son eso: señoritas escénicas que, con humor, se cuelan en los retratos oficiales para mover todo de lugar. Para abrir grietas en el marco.

Una de las cosas que más disfruto es ver cómo han logrado hacer del teatro una herramienta pedagógica sin caer en lo didáctico. Cada temporada cambia de tema: la Conquista, la Independencia, la Revolución, el México actual. Lo que permanece es el tono: sátira, crítica social, momentos musicales que pasan del pop a los corridos, del absurdo a la emoción.

Y detrás de todo eso, un grupo de actores que claramente se conoce, se quiere y se acompaña. Hay una complicidad palpable entre ellas. No sólo actúan: se escuchan, se abrazan, se rescatan en escena. Me conmueve esa energía de colectivo, de tribu. Porque eso también se transmite al público.

Después de la función, me cuentan que la próxima temporada estará dedicada a los 700 años de la fundación de la Ciudad de México. Será un espectáculo homenaje en colaboración con museos, recintos arqueológicos e instituciones culturales. Un festejo con todo el sello de Las Meninas: festivo, crítico, emotivo y lleno de lentejuela.

Y si tú no piensas salir de vacaciones este verano, te tengo el mejor plan: ellas están todos los jueves del año, aquí, recordándonos que la historia no es cosa del pasado. Que también se canta. Que también se ríe. Que también se cuestiona.

Y que sí, los plebeyos también lloran pero lo hacen con estilo.

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