Por Víctor Hugo Sánchez.

Conocí el restaurante El Bajío en los años 80’s, finales, porque había iniciado mi carrera como reportero de espectáculos para El Heraldo de México y eventualmente, la disquera RCA Víctor (luego BMG-Ariola) organizaba eventos en ese restaurante (propiedad de Claudia Rodríguez quien, junto a Dulce María Ruiz de Velasco, llevaban la prensa de los artistas firmados en esa disquera: José José, Camilo Sesto, Juan Gabriel, Rocío Dúrcal, Los Caifanes, Gloria Trevi y una pléyade de artistas de súper nivel).

De hecho, hay una anécdota poco conocida, de una fiesta de José José que duró sus siete días y sus siete noches completitas, y cuando todos se fueron, JJ pidió la cuenta.

-Son dos millones de pesos.

-¡Híjole, no traigo ese dinero conmigo ni tarjetas! Te dejo en prenda este anillo, y regreso a pagar la próxima semana, luego de aventarme un pleitazo con mi manager.

El anillo, que aparece en una de las portadas de su discografía, era de oro con dos “jotas” de diamantes que, justamente, valdría en aquellos años, unos dos millones de pesos.

A la semana siguiente, José José regresó a pagar y le dijeron que no era necesario, que lo considerara una cortesía del lugar.

.¡Ah, no; pues ahora te pago y de cualquier manera te dejo ese anillo!

A la fecha, tengo entendido, aún se exhibe esa joya en la casa matriz de El Bajío, en la colonia Cuitláhuac, cerca de Camarones. Hoy, me da un enorme gusto saber que este restaurante tiene 19 sucursales por toda la Ciudad de México y que es un imperdible de la gastronomía mexicana.

Y como no todo es glamour y cocina de autor, de vez en cuando me gusta darme la vuelta a este lugar donde nunca hay fallas, donde el mismo sazón y buen sabor están garantizados sí o sí.

Desde un desayuno clásico, hasta la comida y/o cena, el servicio siempre es extraordinario y sus sabores, lo más cercano a una buena comida casera. Unos huevos divorciados o al gusto; unas enchiladas insuperables, o unos taquitos de carnitas (por pieza o por kilo), pollo con mole, por ejemplo.

O si ya le agarró la tarde y quiere comer bien y sabroso: unas milanesas, unos tacos dorados, un mole de olla (de cerdo o de res, dependiendo el gusto), y los clásicos de temporada: el pozole patrio, el bacalao decembrino (con sus tortitas de camarón), los chiles en nogada y algo que recién acomodaron en la carta y que le sugiero los pida, porque son una locura: los tacos de cola de res. ¡Una maldita delicia de la que no he podido escapar cada 15 días, mínimo!

Bara-bara, no es; pero no se va al infinito de los lugares de alta gama (que les llaman) donde una cuenta de cuatro comensales puede irse a los muchos miles de pesos.

Acá, sin alcohol, una pareja se anda gastando unos 700 varos, pero bien comidos y disfrutables.

Dudo que no lo conozca, pero, si no ha ido, en cuanto descubra una de sus sucursales, deténgase y dese el gusto de desayunar, comer o de cenar mega delicioso.

Buen provecho (se lanza por unos tacos de cola de res).

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