Aunque el 12 de noviembre es El Día del Cartero en México, recordemos a los escritores de otros países que han ejercido este oficio, cuyo medio de comunicación antaño fue muy romantizado y ha sido motivo de expresión en la novela y en el cine.
Antes de que sus nombres aparecieran en las portadas de los libros, varios escritores repartían cartas, clasificaban sobres o sellaban estampillas. El servicio postal fue, para muchos, el primer escenario donde observaron la rutina humana con la atención que luego transformaron en literatura.

Doce años en la oficina postal de Los Ángeles le bastaron a Charles Bukowski para escribir Cartero (1971), una novela feroz, autobiográfica y brutalmente divertida. En ella retrata el tedio y la degradación del trabajo burocrático, pero también la dignidad de quien sobrevive entre montones de sobres y órdenes absurdas.
“Fue el tipo de trabajo que mata lentamente, pero también el que te enseña a mirar a la gente desde el suelo”, escribiría más tarde.

En El cartero de Neruda (1985), el chileno Antonio Skármeta crea una de las duplas más queridas de la literatura: el poeta Neruda y el joven cartero Mario Jiménez. Más que una historia sobre el correo, es una celebración del poder de la palabra.
El cartero no solo entrega correspondencia, sino que distribuye poesía y esperanza. La adaptación cinematográfica Il Postino (1994) llevó este símbolo al mundo entero.
Del servicio postal a la pluma
Antes de ganar el Premio Nobel, William Faulkner fue cartero en la Universidad de Misisipi. Duró poco: lo despidieron por leer mientras atendía la ventanilla. Su renuncia, según cuenta la anécdota, fue una frase dirigida a su jefe: “No necesito este trabajo. Hay algo dentro de mí que quiere escribir.”
Esa “cosa interior” se convertiría en El ruido y la furia y Mientras agonizo.
El poeta y dramaturgo francés Antonin Artaud trabajó un breve tiempo como empleado postal en Marsella, antes de adentrarse en la poesía, el teatro y la locura. Irónicamente, uno de sus libros más intensos se titula Cartas desde Rodez, donde la palabra escrita se vuelve vehículo de salvación.





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