Por Mario Rojas R.

El humor es un arma infalible contra los poderosos. Al ridiculizar a las figuras de autoridad, se les despoja de su aura divina y se les humaniza.

Eso lo entendió perfectamente José Joaquín Fernández de Lizardi, quien en sus escritos en contra de las autoridades de la Nueva España y a favor del movimiento insurgente, utilizó la sátira como su principal recurso.

Estudió Letras y Teología, pero el valor de su pluma para enfrentar al poder político del virrey de la Nueva España fue lo que le dio trascendencia histórica.

A Fernández de Lizardi se le considera precursor del periodismo mexicano, pues en 1812 fundó el periódico El Pensador Mexicano, cuyo contenido es la primera muestra de expresión moderna de este oficio.

Allí, junto a otros escribientes como Carlos María Bustamante, Andrés Quintana Roo y José María Coss, expuso sus ideas revolucionarias que alentaban el movimiento independentista.

Es cierto que la mayoría de la población era ignorante y no sabía leer, pero saciaba su sed de conocimiento al reunirse para escuchar las noticias que relataba un lector del periódico.

Más de una vez Fernández de Lizardi fue a dar tras las rejas por sus escritos periodísticos. Una de esas ocasiones el oriundo de la Ciudad de México le pidió expresamente al virrey Francisco Xavier Venegas, que devolviera el fuero a los eclesiásticos insurgentes que participaban en el movimiento independentista. Su llamado fue considerado contrario al espíritu constitucionalista y se ordenó suspender la libertad de imprenta, amén de que se privó de su libertad al autor de tal proclama.

Nacido el 15 de noviembre de 1776, Fernández de Lizardi es también considerado el primer novelista de Hispanoamérica, pues en 1816 publicó El periquillo Sarniento, primera obra narrativa de alto nivel en la historia de nuestro país.

Pero aquí nos interesa destacar, sobre todo, el talante crítico que ejerció a través de la sátira y la crítica social para denunciar los abusos de las autoridades y la ignorancia prevaleciente en la época.

El Pensador Mexicano fue el nombre de su periódico y también el mote que se ganó por su capacidad para interpretar los hechos y la realidad que le tocó vivir.

Son varias las aportaciones de este periódico, a saber: se convirtió en una de las publicaciones más importantes de la época; a través de sus escritos defendió y promovió la libertad de prensa; el humor fue su principal herramienta para denunciar la corrupción, los problemas sociales y los vicios de su tiempo; su labor fue muy importante para difundir los objetivos de la lucha de emancipación.

En muchos sentidos, el trabajo de Fernández de Lizardi trazó el perfil del ejercicio profesional que habría de definir al periodismo mexicano en las siguientes dos centurias.

El 21 de junio de 1827 falleció producto de una tuberculosis y el epitafio que aparece en su lápida fue escrito por él mismo: “Aquí yacen las cenizas de El Pensador Mexicano, quien hizo lo que pudo por su patria”.

EL DATO

Una de las obras como novelista de Fernández de Lizardi es Don Catrín de la Fachenda, que narra en primera persona la vida de un hombre que pese a los infortunios no quiere perder su estatus de ‘Dandy’. La narrativa de esta historia es ágil y con un gran sentido del humor.

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