“I wanna know, have you ever seen the rain?…”, canta con melancolía uno de los músicos ubicado al costado del Kiosco Morisco de Santa María la Ribera en la CdMx. De inmediato se origina una convivencia contrastante: la arquitectura neomudéjar dialoga con el rock de los setenta que fluye con soltura a través de la guitarra, el bajo y la batería de una banda anónima que convoca a quienes transitan un domingo cualquiera por el parque, entre las calles Doctor Atl y Salvador Díaz Mirón.

El público forma una media luna alrededor del grupo. Las parejas se abrazan mientras escuchan la música; algunas personas graban videos, otras se balancean al ritmo de Comin’ down on a sunny day?, verso que cierra el estribillo de la melodía de Creedence Clearwater Revival. La canción, como el monumento que sirve de escenografía, ha logrado trascender al tiempo: el kiosco fue construido en el siglo XIX y hoy sigue siendo testigo de la vida cotidiana del barrio.

El obelisco —como también se le llama— es referente indiscutible de la Alameda de Santa María la Ribera. Sin embargo, más allá de su valor arquitectónico, lo esencial de este espacio son sus pasillos y zonas arboladas, que albergan el esparcimiento: ese que ocurre de manera gratuita y feliz, donde conviven personas adultas, jóvenes y niños que cada fin de semana disfrutan de la variedad que ahí se reúne, tanto de entretenimiento como de venta de comida y artesanías.

En este punto se dan cita varias generaciones de capitalinos. Adultos contemporáneos, atraídos por la nostalgia, se instalan frente a la banda de rock que lo mismo interpreta temas de Creedence, The Doors o Eric Clapton, en un viaje sonoro que avanza hasta los años ochenta con canciones como Careless Whisper, de George Michael.

El paseo dominical no estaría completo sin las mascotas: predominan las razas pequeñas —los nerviosos chihuahuas, los malencarados pugs, los bien peinados shih tzu— que forman parte de la estampa urbana, al igual que las bancas del parque donde se alojan las conversaciones entre amigas, el disfrute de un helado o la simple pausa de escuchar música al aire libre.

El ambiente festivo de la Alameda de Santa María la Ribera no se limita al rock. Los adultos mayores son, quizá, los más dinámicos cuando ejecutan sus mejores pasos de danzón, salsa o bachata. Un río de parejas se desplaza con naturalidad, recordando que la vida también se siente, se celebra, mediante la música compartida en espacios abiertos.

Cuando cae la tarde, el kiosco permanece ahí, imperturbable, mientras las canciones se disuelven en el aire y el público continúa su camino. La Alameda recupera su ritmo habitual, pero algo queda flotando: la certeza de que, en medio de la ciudad, todavía existen lugares donde el tiempo se detiene un poco y la música, como la lluvia de la canción de Creedence, vuelve a unir a quienes saben escucharla.

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