Por Mario Rojas R.
Saia Vergara Jaime es la actual viceministra de Cultura de Colombia. Pero su infancia fue la de una niña exiliada, pues su padre, un guerrillero del M-19, tuvo que abandonar su país para salvar la vida.
En La hija del guerrillero y la loca, Saia, historiadora de profesión, narra desde la mirada de una pequeña de 3 años cómo fue vivir esa niñez rota.
La novela es un relato conmovedor que detalla las vicisitudes que durante diez años vivió esa niña en México, un país distinto al suyo, pero que lo hizo propio para después volver a sufrir por la ruptura.

Saia Vergara Jaime nos cuenta un poco de cómo se gestó la novela.
¿Cómo fue darle voz a las infancias desarraigadas, exiliadas, rotas?
Muchas veces se habla del exilio, pero no de cuando esos exiliados vuelven al país de origen, que es un segundo exilio. En mi caso, por ejemplo, llegué a México a los 3 años y me devolví a los 13, entonces, para mí Colombia era un país nuevo, sin referentes y fue muy difícil adaptarme de nuevo; además, yo había crecido en la Ciudad de México, un lugar pluriétnico, multicultural, cosmopolita, inmenso y con una visión indigenista, con un orgullo por su pasado ancestral. En cambio, Colombia es un país bastante conservador, clasista, y Cartagena, adonde llegué, fue el mayor puerto esclavista en la época de la Colonia. El choque fue terrible.
Yo tenía normalizado lo que había vivido hasta que, obviamente, crecí y cuando les cuento a las amigas nuevas “yo viví en tal parte y en tal otra, estudié en este colegio, en el otro, y mi papá esto y lo otro” me doy cuenta del contraste y reflexiono en que no es ni puede ser normal. Sin embargo, empecé a escribir apenas hace 2 años porque estaba en el duelo de mi padre, quien muere el 18 de agosto de 2022, y un año después seguía mal, triste, lloraba todos los días, no entendía qué me estaba pasando con esa pérdida y, bueno, ahí empecé a escribir.
¿Necesitabas contar esa historia para entender la relación con tu padre?
Claro, y de ahí el dolor que me generó su muerte. Los duelos son difíciles, y más de los padres y las madres, pero en mi caso era como una desolación que no tocaba fondo, era como meterme en un agujero negro que cada día era más ancho y más profundo. Tenía la claridad de que había muchos dolores que se concentraban en esa pérdida.
La historia la cuentas desde la perspectiva de esa niña de 3 años que ve con asombro lo que le rodea, ¿cómo encontraste esa voz, a la vez simple y profunda, sin caer en la pretensión de explicarlo desde esta mujer adulta que eres hoy?
Me encanta tu pregunta y te la agradezco porque, efectivamente, demoré en encontrarla varios meses. En el proceso de escritura primero me tracé una especie de índice con los temas de los que quería hablar, donde creía que podía haber algo, no sabía qué, pero presentía que había cosas. Conforme escribía me daba cuenta que era lo de siempre: la adulta explicando a la niña, y tenía clarísimo que no quería eso. Insistía y batallaba, buscaba una y otra vez todos los días hasta que por fin empecé a reconocer la voz de esa niña que fui y era eso, con palabras muy simples, pero además era todo tal cual lo recordaba, muy descriptivo, visual, sensorial, y así lo fui transmitiendo, entonces para mí estaba conectado todo: la imagen, el sonido, el color, el sabor, sólo intenté que la adulta fuera como una transmisora de la niña.
Sin embargo, en el libro aparecen tres voces: la niña, la historiadora y la mujer que vive un duelo…
Efectivamente. En el proceso me sucedió que de todas formas había cosas tan tristes, tan extrañas o difíciles de entender que desde la perspectiva de la adulta necesitaba explicarle a esa niña, como decirle: “Tranquila, aunque hoy te esté doliendo, esto va a sanar y lo vas a superar”. Entonces, ahí viene la voz de la historiadora y luego la de la mujer que vive un duelo, ella conversa con la mujer adulta y con la niña y en algunos momentos también con el padre. Fue todo un proceso de búsqueda y de entender que eran muchas mujeres en una las que estaban escribiendo.
Hoy mismo tu historia es la de muchos niños y niñas en el mundo, de esas regiones donde hay guerras….
Las historias siempre las cuentan los hombres, los poderosos y los adultos. Con todos los matices que quieras y que cada día las mujeres tenemos más acceso, pero históricamente ha sucedido así, entonces las voces de los niños y las niñas que hoy somos adultos pues están escondidas, esos pasados tan convulsos no se han contado y hace falta esa parte de la historia de los conflictos que hemos vivido.
Entonces, la pregunta es cómo darles voz a esas infancias que en el pasado y en el presente vivieron y viven muchos dolores, traumas, cómo acompañarlos en ese proceso. Este libro es un intento por llenar ese vacío.
Tú y tu hermano vivieron y asimilaron la historia de manera distinta, aun cuando ambos vivieron el mismo proceso…
Yo tengo un cerebro altamente sensible y pienso que eso queda claro desde que se empieza a leer el libro, cómo la niña ve el mundo, o sea, describe colores, olores, sensaciones, y mi hermano pues es un muchacho más aguerrido, aventurero, si se quiere maloso y afectivamente no le toca nada de lo que vive, salvo por la precariedad económica en la que se siente muy incómodo.
Tú eres la hija del guerrillero y la loca, supongo, es tu mamá, pero es una loca maravillosa…
Jajaja, sí, es maravillosa. La loca es muy atípica, es una mujer que nace en una época donde desafortunadamente a mujeres como ella no se les comprende, además crece dentro de una familia muy conservadora que pretende organizarle su vida y ella se rebela y le gusta todo lo distinto. Tampoco es que tenga mucho sentido común, entonces, hace locuras de verdad, pero hay otras que son muy interesantes porque es de esas mujeres que expanden los límites de la actuación, o sea, de la capacidad de la esencia femenina, de la capacidad de actuar y de decidir y es lo que me transmite.
A tierna edad descubriste que la vida es frágil y tienes muchas vulnerabilidades, en ese sentido, ¿qué te dio México?
Me dio la cuna. En medio de tanta incertidumbre en la que vivíamos, en México encontré familia, terruño, identidad; siempre me decían que había otra identidad que yo tenía, pero no sabía qué significaba ser colombiana. En mi corazón y en mi alma, yo era igual de mexicana que cualquier niño o niña que hubiera nacido aquí. Pero eso no lo supe sino hasta que me fui y sentí que me iba a morir de la tristeza de no estar en México, de no ver las calles, los parques, de comer la comida de aquí. En un momento tan salvaje, fuimos muy afortunados de haber llegado a este país y no a otro porque este es un país maravilloso, con un pasado imperial y de una riqueza infinita.
Esa niña asistía a las reuniones clandestinas de su padre donde se hablaba de torturas, desapariciones, asesinatos, ¿cómo ves a la distancia esta lucha de tu papá?
En el último capítulo, donde hablo más con él, es como el más catártico y más de cierre. Ahí cuento cómo me acerqué a él a los 15 años para descubrir quién era porque no lo conocía. Pasábamos tiempo juntos, pero no sabía nada de él ni éramos cercanos, pero empecé a leer, a informarme, estudié historia y empecé a darle contexto a esa historia y la comprendí, de alguna manera entendí que había una justificación, pero el hecho de que él estuviera siempre dedicado a la a la revolución, incluso aquí en el exilio, también me dejó unos vacíos que luego los vi reflejados en mis relaciones de pareja, noté que mi forma de vincularme afectivamente era desde un desgarro, entonces odié esa parte de la historia y de la lucha, pero luego volví a entender, amar y admirar mucho a mi padre.
Hoy Gustavo Petro, también integrante de esa guerrilla, es presidente de Colombia, ¿qué representa eso para esa niña, esa historiadora y esa mujer?
Como soy todavía funcionaria pública no puedo comentar mucho de esa parte política, pero obviamente estamos saldando una deuda histórica, una anomalía, porque es increíble que en 200 años de una república no haya habido nunca un gobierno de izquierda.





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