En un futuro cercano, un virus ha acabado con más de la mitad de la población mundial. Las ciudades han dejado de ser refugio y el paisaje conocido se ha convertido en un territorio hostil. En ese mundo devastado transcurre Hacia donde se pone el sol, de la escritora surcoreana Choi Jin-young, una novela breve e intensa que utiliza la distopía para hablar de la relación de los seres humanos frente a la supervivencia.
Se trata de una novela coral: Jina y su familia emprenden un viaje incierto a través de un territorio marcado por el frío, el miedo y la ausencia. En las montañas encuentran a Dori y Miso, dos niñas huérfanas que también buscan una región más cálida. A partir de ese encuentro comienza un recorrido en el que sobrevivir no significa únicamente escapar del virus o de las condiciones extremas del paisaje, sino aprender a desconfiar de aquellos que, en circunstancias normales, serían parte de una comunidad.
La violencia, el robo, el abuso y el asesinato aparecen en el camino de los personajes, pero también lo hacen la solidaridad, el cuidado y el afecto. La novela establece así una tensión constante entre dos posibilidades: aquello en lo que podemos convertirnos cuando el miedo domina nuestras decisiones y aquello que todavía podemos conservar cuando elegimos cuidar a alguien más.
Uno de los mayores logros de Choi Jin-young está en la construcción de sus personajes. La historia se desarrolla a través de distintas voces y permite conocer sus recuerdos, sus pérdidas y sus contradicciones. Dori, Jina, Ryu y Gunji.
El paisaje tiene también un papel fundamental. Las montañas, el frío y la inmensidad funcionan como una extensión de la soledad de los personajes quienes exploran un territorio prácticamente vacío, cada presencia humana adquiere un nuevo significado. Estar acompañado deja de ser una circunstancia cotidiana para convertirse en una forma de resistencia.
Hacia donde se pone el sol podría haberse quedado en una historia de supervivencia después de una pandemia. Sin embargo, Choi Jin-young va más allá y pregunta qué significa seguir siendo humano cuando sobrevivir parece exigir lo contrario.
El vínculo entre Jina y Dori resulta especialmente significativo. En un mundo donde la desconfianza parece ser la primera regla, ambas encuentran una forma de reconocerse y cuidarse. No es una relación idealizada: está atravesada por el miedo, la pérdida y la incertidumbre. Pero justamente por eso adquiere fuerza. El afecto no elimina el peligro; permite enfrentarlo de otra manera.
El título de la novela adquiere entonces una dimensión simbólica. Caminar hacia donde se pone el sol significa avanzar hacia un horizonte incierto, sabiendo que la noche está por llegar. No hay garantía de encontrar un lugar seguro, pero todavía existe la voluntad de continuar.
Choi Jin-young construye así una distopía que, más que hablar del fin del mundo, habla de lo que permanece después de él. Una novela sobre la supervivencia, sí, pero también sobre la memoria, la pérdida, la soledad y esa necesidad profundamente humana de encontrar a alguien por quien valga la pena seguir caminando.






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