No he tenido tiempo de comprar ni de arreglar el celular que se me cayó. Mi comunicación con el mundo exterior: amigos, familia y personas relacionadas con el trabajo, principalmente con este blog, Palabra Vacante, fue durante un tiempo a través de WhatsApp Web en mi computadora, pero ese recurso ya se cerró. Así que ahora he recurrido al correo electrónico.

No tener celular es toda una experiencia: entre liberadora y extraña, porque por momentos aparece la sensación de no existir para los demás. Es volver al origen, a lo analógico y, por consecuencia, a la comunicación directa; a la escritura sin truco, sin IA. La que sirve para tener contacto con los demás mediante el solo uso de la palabra y de la gramática.

Y entonces pienso en esos libros que he leído del género epistolar.

El primero que me viene a la mente es: Cartas a los Jonquières, de Julio Cortázar. Se trata de la correspondencia que el escritor mantuvo con su amigo, el poeta y pintor argentino Eduardo Jonquières. Es un volumen de gran extensión, editado por Alfaguara, que sorprende porque permite descubrir cómo el autor de Rayuela hacía literatura incluso para comunicarse con sus camaradas.

En estas cartas aparece la retórica y el estilo de Cortázar, pero fuera de la ficción. Se descubre a un hombre mucho más cotidiano y humano, profundamente conectado con su oficio de escritor.

Algo parecido ocurre con James Joyce y sus cartas a Nora Barnacle. Cuando pensamos en el autor de Ulises, quizá imaginamos a un escritor monumental, complejo, casi inaccesible. Sin embargo, en sus cartas aparece otro Joyce: el hombre enamorado, apasionado, vulnerable, cotidiano, capaz de expresarse sin la solemnidad que podríamos atribuir al autor de una de las obras fundamentales de la literatura del siglo XX.

Las Cartas de amor a Nora Barnacle reúnen parte de esa correspondencia y muestran una voz íntima, intensa y muy distinta de la que encontramos en sus novelas. La correspondencia de Joyce resulta especialmente reveladora porque permite reconstruir aspectos de su vida y de su personalidad a través de una escritura que originalmente no estaba destinada a convertirse en literatura pública.

En la ficción ocurre algo parecido con Donde el corazón te lleve, de Susanna Tamaro. En esta novela, Olga, una mujer que siente cercano el final de su vida, escribe una larga carta a su nieta. En ella comienza a contar aquello que durante años permaneció callado: la historia de su familia, sus conflictos, sus pérdidas, sus desencuentros y las cosas que nunca pudo decir.

La carta se convierte así en una especie de confesión. Mientras escribe, Olga reconstruye su vida y revela secretos que de otra manera quizá habrían permanecido ocultos. El lector tiene la sensación de estar leyendo algo que no estaba destinado a sus ojos, de entrar en una intimidad ajena y descubrir, poco a poco, a una persona que se muestra sin las defensas con las que suele presentarse ante los demás.

Para quienes quieran acercarse al género epistolar, hay una amplia variedad de lecturas: desde los clásicos como Las penas del joven Werther, de Goethe; Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos, y Drácula, de Bram Stoker, hasta obras más íntimas como 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff, o La carta de una desconocida, de Stefan Zweig.

Concluyo: Una carta tiene algo que se ha ido perdiendo: la conciencia de que alguien está escribiendo para otra persona y que, mientras lo hace, puede decir cosas que nunca diría frente a frente. Muchos escritores escribieron cartas en su época, fuera de la ficción y destinadas a la intimidad, sin imaginar que, con el paso del tiempo y gracias a su obra y a su celebridad, aquellas palabras privadas quedarían para la posteridad.

P. D. Hoy tenemos mensajes instantáneos, audios, fotografías, emojis, memes. La carta, en cambio, es otro asunto. Se escribe con la emoción de comunicar. Eso lo descubro ahora que no tengo celular.

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