Por Mario Rojas R.
La Santa Inquisición digital emitió su veredicto inapelable e indiscutible: “¡Están locos!”.
Las redes sociales estallaron ante dos casos recientes de actitudes disruptivas de un par de estrellas de la farándula: Gala Montes, quien se rapó una parte de su cabeza, y Aleks Syntek, que se enredó en dimes y diretes con el público que asistió al concierto que ofreció el 15 de septiembre pasado.
A botepronto, desde la comodidad de sus pantallas y de la valentía que les otorga el anonimato, brotaron los adjetivos: deschavetados, psicóticos, orates, protagonistas…
Todos opinan con la firme certeza de que les asiste a razón. Y eso es lo preocupante: la facilidad con la que emitimos juicios sin hacernos responsables de nuestras palabras.
No se trata de limitar la crítica. Ambos son figuras públicas y su trabajo está bajo la lupa del escrutinio masivo.
Sin embargo, nadie se refirió a su labor profesional, sino a su comportamiento personal.
Y en este apartado lo primero que se observa es el enorme miedo que nos provoca lo diferente, aquello que se sale de nuestros esquemas mentales. Pero, en lugar de tratar de entenderlo, lo satanizamos, lo exorcizamos antes de que el virus transgresor nos contamine.
La salud mental es cosa seria. No nació luego de la pandemia, pero hizo explosión a partir de ese evento.
El obligado encierro catapultó las enfermedades mentales y nadie, ni los famosos, está a salvo de padecerla.
Está claro que tanto Aleks Syntek como Gala Montes tienen un grado de confusión mental, pero solo un especialista podría dictaminar la razón de sus erráticas actitudes luego de un profundo análisis de los procesos personales que uno y otra han enfrentado a lo largo de su vida.
Lo que sí nos debería hacer reflexionar es la facilidad con la que pasamos de cuestionar una conducta a celebrar la caída de una persona, incluso diagnosticándola desde una pantalla sin conocer lo que está viviendo.
La crítica es válida. La crueldad no es necesaria. No hace falta apagar a nadie para brillar. Y tampoco destruir a alguien para señalar un error.
Ambos casos demuestran la urgencia de normalizar el cuidado psicológico sin caer en el juicio o la especulación malintencionada. La recomendación de los especialistas ante este tipo de narrativas mediáticas es clara: cualquier sospecha o afectación de la salud mental debe ser evaluada y tratada en un entorno confidencial por profesionales de la salud, alejando el bienestar emocional del espectáculo y el ruido de las redes sociales.
Hoy la convivencia en los espacios públicos, privados y virtuales priva la intransigencia que rápido se vuelve violencia. Bien haríamos en poner una pausa y tratar de comprender antes que estigmatizar.





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