Para el escritor colombiano Andrú Polze, la realidad comienza a acercarse a los escenarios que imaginó en su reciente libro Robots en un barril, una novela de ciencia ficción espiritual que plantea un futuro en el que seis redes sociales se convierten en naciones digitales, con la capacidad de influir en la conducta humana y ofrecer espacios donde las personas pueden ejercer su maldad a través de robots humanoides.

La narrativa de Polze transita entre el thriller, la ciencia ficción y la fantasía épica. Define su propuesta como ciencia ficción espiritual porque considera que el ser humano necesita algo superior a sus propias capacidades para enfrentar su maldad y orientar sus acciones hacia el bien.

En entrevista con Palabra Vacante, el escritor habla sobre el origen de Robots en un barril, de Editorial Desafío, sus referentes literarios, el futuro del libro y la importancia de que las nuevas generaciones desarrollen un criterio propio frente a la tecnología.

Polze cuenta con varias obras publicadas en Amazon. Fue finalista del Premio de Novela Cristiana César Vidal en 2023 con Eso que ocultas, un thriller de terror, y en 2024 con La rasgadura, novela de ciencia ficción y suspenso.

¿Qué te llevó a escribir Robots en un barril y a explorar la ciencia ficción espiritual? Por sus temas, también podría leerse como una novela distópica.

En la creación confluyen varias cosas. Primero, siempre me han gustado los robots. Desde niño he tenido esa afición e incluso coleccioné algunos. La segunda inquietud surgió en 2017, cuando aparecieron cifras sobre el número de personas que estaban vinculadas a las redes sociales, como Facebook y Twitter. Me pregunté qué pasaría si todas esas redes se convirtieran en naciones y tuvieran la población suficiente para constituirse en entidades independientes.

La tercera tiene que ver con la maldad humana y nuestra capacidad para hacer el mal. En la Biblia, en Jeremías, se plantea una reflexión sobre la dificultad del ser humano para cambiar su conducta. Esa cuestión moral también está presente en la novela.

Todo confluyó en un escenario donde las personas pueden ejercer libremente su humanidad, incluso sus impulsos más oscuros, pero a través de robots humanoides capaces de reaccionar, sentir y manifestar dolor. Todo ocurre bajo la cobertura de seis redes sociales convertidas en naciones digitales. Así nació el argumento de Robots en un barril.

¿En qué año escribiste la novela y cuándo transcurre la historia?

La escribí en 2019. En el libro menciono 2028, pero, si lo leemos a la luz de lo que está sucediendo actualmente, podríamos decir que se desarrolla en una realidad paralela que quizá no sea tan ficticia, considerando los avances de la robótica y la inteligencia artificial.

La historia comienza a gestarse en una época como la nuestra y, para 2028, se despliega la dinámica que planteo en la novela. No me interesa tomar la pandemia como el desencadenante de la trama ni entrar en esa tendencia narrativa en la que todo sucede después de ella. No es el punto central de mi historia.

¿El futuro ya nos alcanzó?

Totalmente. Una amiga fue la primera en leer el libro y, cada vez que aparece una noticia relacionada con la inteligencia artificial o la robótica, me dice: “Andrú, esto ya está pasando”.

Tengo otra amiga en Paraguay que también lo leyó y me comenta lo mismo: esto ya no parece una novela, sino algo que está sucediendo. El futuro nos alcanzó y creo que nos está sobrepasando. La cuestión es no permitir que la tecnología nos sobrepase.

Mencionas que desde niño te interesaban los robots. ¿Qué autores de ciencia ficción han influido en tu formación como escritor?

Más que hablar de influencias, diría que son autores que me gustan. Indiscutiblemente, Isaac Asimov. Sus tres leyes de la robótica influyeron tanto en la literatura como en la manera de pensar la tecnología.

Mi primer acercamiento a la ciencia ficción fue a través de Julio Verne, que era mi autor favorito cuando era niño. Después exploré a Ray Bradbury y a Asimov, que son dos de los escritores que más he leído.

En Robots en un barril hay referencias tangenciales a las ideas de Asimov, sobre todo en la parte técnica y en el concepto del cerebro positrónico, que aparece en obras como El hombre bicentenario y Yo, robot. Sin embargo, la construcción de mis robots no está basada completamente en él; no se trata de una copia ni de una influencia directa en todos sus aspectos.

Ray Bradbury también exploró la condición humana a través de futuros imaginarios. ¿Qué reflexión buscas transmitir con tu novela?

Creo que necesitamos algo más que nuestras capacidades humanas, tecnológicas, intelectuales o emocionales para encontrarnos como seres humanos creados. Muchos filósofos han discutido si podemos controlar nuestra maldad y orientarnos hacia la bondad. Mi planteamiento es que, por nosotros mismos, no tenemos la capacidad suficiente para dominarla. Necesitamos algo superior a nosotros, ante lo cual podamos rendir tanto nuestra maldad como nuestra bondad.

También quiero que los lectores reflexionen sobre la ingenuidad con la que estamos enfrentando la tecnología. Le estamos dando demasiado terreno y delegando en ella capacidades que deberíamos desarrollar como seres humanos.

Eso nos vuelve vulnerables ante personas, entidades e incluso tecnologías que buscan ejercer control. Y ese control no necesariamente consiste en esclavizarnos de manera directa; también puede producirse al aislarnos de la realidad.

En la novela hablo de cómo se puede entretener tanto a las personas, ofreciéndoles libertad para ejercer su maldad a través de las redes sociales y las naciones digitales, que terminan perdiendo la capacidad de comprender lo que sucede a su alrededor.

Esas son las dos reflexiones principales que me gustaría que los lectores se llevaran después de terminar el libro: la necesidad de reconocer nuestros límites como seres humanos y el peligro de ceder a la tecnología capacidades que no deberíamos abandonar.

¿Qué tan necesaria es esta reflexión para los jóvenes?

Es absolutamente necesaria. Estamos viendo padres que dejan a sus bebés, desde los seis meses o el primer año de vida, jugar con celulares para que se tranquilicen o no los molesten. Esa exposición a la tecnología puede resultar muy nociva.

La tecnología no es buena ni mala por sí misma; la intención y el uso que hacemos de ella son los que determinan sus efectos. Sin embargo, los jóvenes están demasiado influenciados por las redes sociales y, en ocasiones, creen más en lo que encuentran en ellas que en la verdad.

Lo que dicen las redes termina definiendo muchas conductas. Corremos el riesgo de formar una generación de adultos fácilmente manipulables por la tecnología, los influencers, los directivos de las grandes empresas tecnológicas o cualquier persona que publique algo en internet.

Estamos entregando nuestro criterio y nuestra capacidad de pensamiento a cambio de entretenimiento y facilidad. Y esto no ocurre solamente entre los jóvenes: también hay adultos que prefieren no pensar y dejarle todo a la tecnología.

Esa actitud de decir “no pienso, piensa tú por mí” me preocupa mucho. Por eso creo que los jóvenes necesitan desarrollar más criterio al utilizar la tecnología, en lugar de permitir que esta los maneje o determine su manera de pensar.

¿Podríamos definir Robots en un barril como una novela apocalíptica?

Creo que sí, pero hay dos conceptos de apocalipsis. Uno es el bíblico y otro es el que, lamentablemente, la literatura y el cine han transformado en una imagen de destrucción total, con zombis y escenarios como los de Mad Max.

El apocalipsis bíblico no necesariamente va a coincidir con esa imagen que el ser humano ha construido.

En ese sentido, mi libro tiene mucho que ver con los tiempos finales, aunque no quiero que los lectores piensen que es una obra cargada de versículos o que responde a una tendencia espiritual determinada. Lo que planteo es que muchos de los acontecimientos que estamos viendo podrían coincidir en un punto final, en un apocalipsis distinto del que solemos imaginar.

Si hablamos desde la perspectiva bíblica, de lo que el apóstol Juan vio en la isla de Patmos, sí, la novela sigue esa línea. Tiene una relación importante con esa idea del apocalipsis.

En un contexto marcado por los avances tecnológicos, ¿qué futuro le ves al libro como objeto y como medio para transmitir ideas?

Increíblemente, mientras observamos que los jóvenes están muy conectados con la tecnología, también vemos un importante resurgimiento de la lectura en Colombia.

En la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá, celebrada entre abril y mayo, hubo una afluencia masiva de jóvenes. Quieren leer y necesitan leer. Creo que están redescubriendo el placer de los libros y la necesidad de que les cuenten historias.

Eso ocurre también con los adultos. Las personas están redescubriendo el valor de escuchar y leer relatos.

Considero que el libro físico está recuperando un auge importante, pero también los libros electrónicos y los audiolibros tienen un buen futuro. No hay que enfrentar los formatos: se complementan y forman parte de un mismo ecosistema.

En la medida en que haya más lectores, ese ecosistema se fortalecerá. Creo que estamos en un buen momento para la lectura, para los libros y para la industria editorial en todo el mundo.

Los jóvenes ya están impulsando ese crecimiento, y los niños también están comenzando a acercarse a buenos libros. Los padres vuelven a fomentar la lectura y eso nos permite pensar en un futuro favorable, incluso a corto plazo, para el libro y la industria editorial.

La portada, con ese ojo violeta, puede remitir a la vigilancia y al Gran Hermano de 1984, de George Orwell. ¿Hay una intención detrás de esa imagen?

Hay una relación con el control, pero el ojo violeta tiene una explicación específica dentro de la novela.

Los robots de Robots en un barril son prácticamente indistinguibles de los seres humanos. En una habitación no podrías distinguir a una persona de un robot, excepto por el color de los ojos: los de los robots son violetas. Por eso aparece ese ojo en la portada.

También está la cuestión del control que ejercen las naciones digitales. Estas se levantan para controlar a los seres humanos, indicarles qué consumir en todos los sentidos y dirigirlos de acuerdo con una filosofía particular.

Por eso la imagen puede asociarse tanto con la vigilancia como con el rasgo que distingue a los robots de las personas.

¿Cómo se está distribuyendo el libro y dónde pueden conseguirlo los lectores mexicanos?

La distribución comenzó en Colombia con la editorial y Buscalibre. El libro ya está disponible en tiendas internacionales y puede encontrarse en México, España, Estados Unidos y Colombia, entre otros países.

En México también está disponible en formato físico en la librería Maranatha. Estamos avanzando poco a poco para ampliar la distribución y acercar la obra a más lectores.

¿Tienes previstas presentaciones en México?

Estamos planeando presentaciones virtuales en distintos países, entre ellos México, Estados Unidos, Perú y Paraguay, además de presentaciones presenciales en Colombia.

También estamos trabajando con algunas librerías y preparando actividades para impulsar esos encuentros con los lectores.

¿Estás trabajando en una nueva obra o te darás un respiro para promover Robots en un barril?

No puedo respirar: siempre estoy trabajando en otras cosas… También tengo varias historias rondándome la cabeza porque quiero participar en el concurso de Amazon Storytelling del próximo año. Además, estoy comenzando a escribir un thriller romántico. Siempre estoy moviendo proyectos, pensando y creando. No me gusta quedarme estático, esperando a ver qué pasa con un libro para después comenzar a escribir otro. Prefiero seguir escribiendo mientras promociono y muevo Robots en un barril.

¿Qué lectores te gustaría que se acercaran a la novela?

El libro tiene lectores hombres, tanto jóvenes como adultos, pero también he observado una afinidad importante entre las mujeres. No sé exactamente qué encuentran en él; quizá tenga que ver con una parte muy especial de la historia que involucra a una niña. Tal vez ese sea un punto de entrada para las lectoras. No es un libro dirigido exclusivamente a las mujeres, pero esa conexión me parece interesante y significativa.

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