
Por Víctor Hugo Sánchez
Igual me gustan los restaurantes de alta gama (no todos), que les llaman; de esos que son mega sofisticados tanto en la preparación de sus platillos, como la manera en que los presentan; son restaurantes para el Instagram, les digo yo.
Igual me gustan los tradicionales, como El Cambalache, La parrillita argentina, Alessa Café y Penélope café (en éstos, los desayunos, la comida y las cenas son garantía), pero lo que me raya siempre serán los mercados, las fondas y los lugarcitos como los Pollos Sin-Aloa, el merendero Biárritz (colonia de los doctores), las Flautas la Campana porque, debo admitir, lo mío, lo mío es la garnacha, los caldos, la comida simple y casera.
Así, un domingo recién me había cambiado a vivir a la colonia Del Valle y andaba medio crudis y se me antojó una pancita. En aquel tiempo, hace 14 años, más o menos, no había Uber y yo tenía mis taxistas de confianza, así que le hablé al señor José para que me llevara a la colonia Portales a buscar El Gran Rábano.



-¿Cuál es la dirección?
-No sé, pero creo acordar cómo llegar.
-Usted me dice.
Y así comenzamos a vagar por la colonia, sin encontrar la famosa pancita de El Gran Rábano; hasta que llegamos a la esquina de Bélgica y Víctor Hugo.
-No, señor José; éste no es el lugar.
-Pues ahí dice pancita.
-¡Pero no es aquí!
Enojado él, enojado yo, decidí bajarme y entrar a Doña Tila, la oaxaqueña que, afortunadamente, los domingos cierran a las seis de la tarde y ya eran pasaditas las cinco. Pensé: “pues de una vez, aquí; a ver qué tal está”.
-Un plato grande de puro callo, que esté mega hirviendo, por favor.
-Claro.
Apenas había dicho eso, cuando me pusieron el servicio: una salsa molcajeteada, venas de chiles secos, limones, cebolla finamente picada y unas tortillas de maíz blanco hechas a mano, ¡gigantes! De una me hice un taco de salsa y pensé: “si la pancita está como esto, estoy en la gloria”.
Me quedé corto. Desde entonces, es la única pancita que consumo. Voy cada tanto, no necesariamente crudo, sino cuando tengo antojo y debo decirle que es la mejor de toda la bendita CDMX.
Pero no sólo hay pancita, hay tlayudas, mole negro, mole rojo, enmoladas y una carta bastante grande para el antojo, y hay cervezas y mezcal que traen directo de Oaxaca; tuve la fortuna de conocer al dueño, que siempre tuvo algún gesto amable conmigo: o me invitaba la botana (unos rábanos con chile y limón, para acompañar la cerveza) o a veces el mezcal y se sentaba a platicar conmigo, quizá uno de sus clientes más frecuentes.

Aunque el dueño falleció, el negocio se quedó a cargo del hijo, y la calidad de sus platillos sigue siendo excelente, y siguen llegando las enormes tortillas, la salsa molcajeteada, las venas, cebolla y limones.
Si en la semana o el fin de semana le da por pegarle rudo al trago, no hay mejor lugar para curarla que Doña Tila, la oaxaqueña.
Se lo prometo.





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