Por Mario Rojas R.
Los escritores Eduardo Antonio Parra y Carlos René Padilla retomaron el asesinato de León Trotsky, sucedido en 1940 en Coyoacán, para dar una mirada interna a las circunstancias que rodearon el suceso y explorar los mitos que surgieron a partir del hecho.
La novela La Torre de Cristal es un thriller que se sumerge en las zonas oscuras del relato oficial y desentraña las componendas internas que lo permitieron, y aprovecha para mirar la evolución de la ciudad, del periodismo y de la sociedad.

El asesinato de León Trotsky es el pretexto para contar una historia…
Sí, fue el detonante que hallamos para contar todo, el nodo de donde salían las ramificaciones para contar la ciudad, la situación política del momento, el periodismo de aquella época, todas las piezas que se estaban acomodando o desacomodando en esos instantes.
Se trata de un hecho que sucedió hace casi 90 años, pero las circunstancias que lo rodearon tienen paralelismo con la situación del México actual…
Siempre habrá esas coincidencias y entonces te das cuenta de que no hemos cambiado tanto, porque de algún modo estamos en la misma situación nacional y mundial. En ese entonces estaba por estallar la guerra y hoy también hay varios conflictos por ahí latentes, además, hay mucha gente extranjera, extraña, metida en el país también y la situación política lo mismo.
Hemos visto la mirada que nos dan desde afuera, pero esta es una mirada desde dentro…
Sí, exacto, al menos yo lo traía desde niño porque mi abuela hablaba mucho de la maldad de los rusos, de que habían matado a Trotsky por una orden desde allá, la KGB y todo eso. Y sí, casi todo lo que se ha escrito alrededor del tema va hacia el ámbito internacional y es poco lo que se desarrolla en el país y eso queríamos enfatizar: ¿Qué pasó aquí? ¿Qué relajos había aquí? ¿Qué tráfico de influencias hubo? ¿Quién apoyó? ¿A quién la afectaba o beneficiaba este crimen? Esas fueron algunas de las charlas iniciáticas que tuvimos y de repente encontramos el núcleo que era el asesinato de Trotsky.
La ciudad no solo es contexto, sino un personaje en sí mismo. De hecho, lo escriben: “Una ciudad verdadera tiene dos caras: la que la mayoría de sus habitantes entiende y la que se aparece apenas cae la noche” …
Sí, y esa otra cara mucha gente no llega a conocerla tal cual. O sea, están los ciudadanos comunes y corrientes y también otro tipo de ciudadanos: los periodistas, los policías, los delincuentes que se mueven en otros niveles y donde ocurren otras situaciones mucho más importantes y con injerencia en lo que después sufrimos o gozamos como ciudadanos comunes y corrientes.
La época también era un pretexto muy padre para meternos en esas vecindades, en esos callejones, en esos barrios que apenas se estaban conformando y ya estaban siendo bravos y difíciles.
Hay dos policías: Valentín Quintanilla, “duro entre los duros”, y Alfonso Quevedo, “el señorito intelectual”, es decir, son diametralmente opuestos y, de algún modo, representan dos Méxicos: el México Bronco y el México al que aspiramos…
Creo que siempre han convivido un poco esos dos Méxicos, por un lado, el discurso oficial del progreso y todo este asunto de que ya somos bien civilizados y, por otro, la cuestión dura, la cuestión brutal.
Nos funcionó muy bien porque precisamente había una tensión entre ellos y eso impulsaba también la acción de la novela. Como eran diametralmente opuestos era interesante explorar sus puntos de vista: veían un México muy diferente a como ansiaban que fuera, entonces eso también al momento de construirlos como personajes ayudaba muchísimo.
El Güero Téllez es el prototipo del periodista de antaño, el que iba tras su nota como fuera…
Por supuesto, además es una leyenda en el periodismo mexicano y había que aprovecharla, hacerle un homenaje y una novela. Se retrata la forma en que se hacía periodismo en aquellos años en donde muchas veces pateabas la calle, correteabas y dabas este seguimiento a las notas cuando podías pasar semanas dándole al mismo asunto: qué sucedía con un crimen, con un asalto, con un asesinato y la gente estaba ahí comprando el periódico y leyéndolo, pero obviamente tenía que ver mucho la pluma de ese tipo de periodismo. Y el Güero era una escuela de esas de antaño que a veces le echamos mucha nostalgia.
Ahora ya ni redacciones hay…
Ni cantinas tampoco. Además, todas las notas son boletines de prensa. De repente cambia todo, pero creo que en México todavía hay un espíritu de hacer un gran periodismo, aunque se está yendo más por el lado independiente, y uno extraña cuando estaba ese sonido de las rotativas, los voceadores esperando en las mañanas, los cruceros, todo da mucha nostalgia.
No es un libro histórico que nos atiborra de datos, es un trabajo literario, un thriller…
Exacto, esa fue la idea desde el principio. Si hubiéramos querido hacer una novela histórica para empezar nos hubiéramos llevado el doble de páginas y nos hubiéramos vaciado con un montón de cosas que había, pero aquí lo principal era la trama, la historia que queríamos contar.
La novela es muy visual, uno se imagina ciertas escenas…
Sí, todo eso lo trabajamos desde el principio, la cuestión sensorial tenía que estar presente en todos lados para que se sintiera la ciudad y el lector se imaginara dentro de la escena. Es una de las cosas que nos propusimos desde el principio: hacerlo todo muy sensual, muy sensorial.
Era como un retrato para ver cómo se transformaba el país…
Esa era la idea. Fue un año crucial porque se estaban acabando los gobiernos emanados de la Revolución, se empezaba a establecer el partido hegemónico e iniciaba el milagro mexicano, y decíamos, ‘bueno, seguro hubo dolores de parto’, pues hay que ponerlos en el texto. Siempre pensamos que una ciudad cosmopolita y moderna como la que se empezaba a configurar, empieza a tener crímenes de primer mundo, porque era una nota a nivel mundial, mataron al exlíder ruso y no era un asesinato que pudiera pasar desapercibido, entonces, era muy interesante voltear y verlo con otros ojos.






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