Por Mario Rojas R. Quizá no haya un dolor más profundo que el de una madre buscadora: aquella a quien le arrebataron a un hijo o una hija para desaparecerlo. Si, además, el Estado que debería protegerla le da la espalda, la angustia y la impotencia pueden convertirse en una herida todavía más profunda. Ese es el punto de partida de El canto de los grillos, puesta en escena que lleva al escenario los dilemas morales que surgen cuando la justicia institucional falla.
Catalina sabe quién se llevó a su hija de 10 años. Sin embargo, el responsable, un adolescente de apenas 15 años, queda en libertad. Ante la falta de respuesta de las autoridades, Catalina decide no quedarse de brazos cruzados y diseña un plan para atraparlo. Mediante engaños lo conduce hasta una habitación donde la esperan otras tres mujeres. Allí, el joven queda a merced de ellas.

A partir de esta situación, la obra plantea preguntas incómodas: ¿es válida la justicia por propia mano?, ¿el dolor y la búsqueda de justicia pueden atenuar la responsabilidad de quien decide dañar a otro?, ¿qué hacer con un agresor cuando la ley parece protegerlo?
Dirigida por Bruno Bichir y protagonizada por Cecilia Tamayo, Paulina Soto Oliver, Susi Estrada, Jimena Guerra y Adriana Hernández, la puesta en escena parte del libro de Jaime Chabaud, cuya historia es reinterpretada por Valeria Fabri para abordar un tema de enorme vigencia en la sociedad mexicana.
Para Cecilia Tamayo, quien además participa como productora, la obra trasciende la trata de personas y el abuso infantil para adentrarse en las consecuencias humanas de un acto tan atroz.
“En realidad la obra se centra en todo lo humano que sucede alrededor de un acto tan atroz como este. ¿El dolor de una madre justifica el daño que le puede hacer a otra persona? ¿Hablamos de justicia o de venganza? ¿Se puede perdonar?”, cuestiona.
Paulina Soto Oliver reconoce que las protagonistas tampoco encuentran una respuesta definitiva a estas interrogantes.
“En estricto sentido no tendríamos derecho a violentar a alguien ni se justificaría por nuestro propio dolor, pero cuando la justicia te ha fallado, de alguna manera se rompe el pacto social que sirve de dique a estas acciones y solo es tu propia humanidad la que te pone límites”, afirma.
Más que presentar una historia de buenos y malos, El canto de los grillos coloca al espectador frente a una zona moralmente compleja, donde el dolor, la impotencia, la rabia y el deseo de justicia entran en conflicto.
Para Bruno Bichir, llevar una historia de esta naturaleza al escenario implica también detener el tiempo y generar un espacio de sensibilidad y memoria.
“Crear una obra de esta naturaleza es detener el tiempo. Es muy corta, menos de hora y media. Nuestra misión es crear un mundo sensible, con memoria”, señala el director.
En este sentido, Jimena Guerra subraya que la puesta en escena no pretende ofrecer respuestas, sino propiciar una reflexión capaz de trascender el teatro.
“En determinadas situaciones tan dolorosas la impotencia nos lleva a la parálisis. Sin embargo, cada pequeña acción, cada pequeño nuevo pensamiento, cada reflexión es como una gota que cae en el agua y provoca la expansión, es como el eco de una voz”, expresa.
La actriz considera que el teatro puede contribuir a generar empatía y conciencia colectiva frente a problemas que con frecuencia parecen inabarcables.
“Con la obra queremos conectar con nuestro poder de compasión, de empatía, queremos crear una conciencia colectiva que cree una esperanza y mueva a la acción. Ojalá y se enciendan las luces de nuestros corazones”, concluye.
El canto de los grillos tendrá temporada del 15 de septiembre al 18 de noviembre, los martes y miércoles, en el Foro Shakespeare, donde pondrá al público frente a una pregunta tan dolorosa como inevitable: qué ocurre cuando quienes buscan justicia dejan de encontrarla en las instituciones.





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