La creadora japonesa, autora de las célebres Infinity Mirror Rooms y de un universo poblado de lunares, redes y calabazas, falleció el 14 de agosto en Tokio.

Yayoi Kusama hizo del infinito una experiencia que podía recorrerse, habitarse y contemplarse. A través de lunares repetidos hasta perderse en el espacio, redes que parecían extenderse más allá del lienzo, espejos que multiplicaban al espectador y calabazas convertidas en esculturas, la artista japonesa construyó durante más de siete décadas uno de los lenguajes visuales más reconocibles del arte contemporáneo.

Kusama falleció el 14 de agosto de 2026 en un hospital de Tokio, a los 97 años, informó este jueves el Museo Yayoi Kusama y la fundación de la artista. El comunicado no precisó la causa de muerte y señaló que la creadora continuó pintando hasta sus últimos días.

Nacida el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, Japón, Kusama comenzó a dibujar desde niña. Las visiones y alucinaciones que experimentó desde temprana edad se convirtieron en una fuente fundamental de su imaginario y la llevaron a desarrollar los patrones repetitivos que posteriormente definirían buena parte de su obra.

Su trayectoria, sin embargo, no se limitó a la pintura. A lo largo de su carrera trabajó con escultura, instalación, performance, cine, literatura y poesía, y desarrolló una concepción del arte basada en la repetición, la proliferación y la desaparición de los límites entre el individuo y el universo.

En 1957 se trasladó a Estados Unidos y al año siguiente comenzó a exhibir en Nueva York sus pinturas de redes, esculturas blandas e instalaciones con espejos y luces. En aquella escena de vanguardia desarrolló una propuesta radical que dialogó con algunos de los movimientos artísticos más importantes de la época y que incluyó también happenings y acciones relacionadas con el cuerpo y la protesta antibélica.

Uno de los elementos fundamentales de su lenguaje fue la repetición. Los lunares, que con el tiempo se convertirían en su signo más popular, dejaron de ser un simple motivo decorativo para convertirse en una herramienta con la que Kusama exploró la idea de la desaparición del yo dentro de una totalidad infinita.

Esa búsqueda alcanzó una de sus expresiones más emblemáticas en las Infinity Mirror Rooms, instalaciones en las que espejos, luces y objetos producen la sensación de encontrarse ante un espacio sin límites. El espectador deja de ser únicamente observador y se incorpora a una experiencia en la que su propia imagen se multiplica hasta formar parte de una dimensión aparentemente interminable.

La artista desarrolló por primera vez este tipo de instalación en la década de 1960 y continuó explorando sus posibilidades durante las décadas siguientes. Las Infinity Mirror Rooms terminaron convirtiéndose en algunas de sus obras más conocidas y llevaron su trabajo a museos de distintas partes del mundo.

Del anonimato al reconocimiento mundial

La historia de Kusama también fue la de una artista que tuvo que abrirse camino en espacios dominados por hombres. Después de sus años en Nueva York, regresó a Japón en 1973 y atravesó periodos de menor visibilidad, pero continuó escribiendo y produciendo obra.

En 1977 comenzó a vivir voluntariamente en una institución psiquiátrica de Tokio, desde donde mantuvo su actividad artística y trabajó en un estudio cercano. Su producción no se detuvo: en 2009 inició la serie My Eternal Soul, que continuó hasta 2021, y posteriormente comenzó Every Day I Pray for Love.

El reconocimiento internacional llegó con fuerza en las últimas décadas de su vida. En 2006 recibió el Praemium Imperiale de Japón y en 2017 abrió en Tokio el Museo Yayoi Kusama, dedicado a preservar y difundir su obra.

Su universo visual también trascendió los museos y las galerías. Los lunares, las calabazas y las instalaciones inmersivas se incorporaron a la cultura popular y llegaron a públicos que quizá nunca antes habían tenido contacto con el arte contemporáneo. Sus colaboraciones con la moda y, particularmente, con Louis Vuitton contribuyeron a convertir sus motivos en imágenes reconocibles a escala global.

Pero detrás de esa popularidad permaneció una preocupación constante: la relación entre el individuo y el infinito, entre la existencia y la desaparición, entre el amor, la vida y la muerte.

El propio Museo Yayoi Kusama señaló, al anunciar su fallecimiento, que la artista mantuvo hasta el final su convicción de que el arte podía llevar esperanza y fuerza a las personas. La institución anunció también que continuará trabajando para transmitir ese legado.

Su muerte cierra una vida dedicada casi por completo a la creación, pero no el recorrido de una obra que parece diseñada precisamente para desafiar los límites. Frente a los espejos de sus instalaciones, los visitantes siguen encontrándose multiplicados hasta confundirse con el espacio; frente a sus pinturas, los lunares continúan extendiéndose más allá del marco.

Kusama convirtió esa repetición en una forma de mirar el mundo. Y quizá por eso su obra seguirá produciendo una paradoja profundamente suya: cuanto más se repite, más parece acercarnos a algo que no puede repetirse jamás: la experiencia de estar vivos.

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