La Sala 3 del museo recupera su arquitectura histórica y reúne cuatro obras del siglo XVII de Sebastián López de Arteaga y Alonso López de Herrera.
¿Qué ocurre cuando la pintura europea se encuentra con los materiales, los colores y las circunstancias de un territorio nuevo? Una parte de la respuesta puede encontrarse en la Sala 3 del Museo Nacional de Arte (MUNAL), que este 2 de septiembre reabrió sus puertas después de un proceso de restauración y rehabilitación.
El espacio, ubicado en el segundo piso del antiguo Palacio de Comunicaciones y Obras Públicas, recuperó elementos de su arquitectura original, entre ellos las ventanas históricas, la duela, las carpinterías y uno de sus plafones decorativos. La intervención buscó que el edificio y las obras pudieran apreciarse como parte de un mismo conjunto.
La nueva propuesta museográfica reúne cuatro pinturas realizadas durante la primera mitad del siglo XVII: La incredulidad de Tomás y Cristo en la cruz, de Sebastián López de Arteaga, y La Asunción de la Virgen y La Resurrección de Cristo, de Alonso López de Herrera, conocido como El Divino.

Más que presentar cuatro obras aisladas, el recorrido permite observar un momento de transformación en la pintura realizada en la Nueva España. De acuerdo con Ramón Avendaño Esquivel, curador del MUNAL, ambos artistas fueron protagonistas de ese cambio, particularmente por la manera en que utilizaron el color y la luz.
Uno de los ejemplos más reveladores aparece en La incredulidad de Tomás, realizada hacia 1645. En ella, el manto de Cristo presenta un rojo intenso obtenido de la grana cochinilla, pigmento producido a partir de un insecto que se cultivaba en territorio novohispano.
El detalle puede parecer pequeño, pero habla de un intercambio cultural y material mucho más amplio: una tradición pictórica de origen europeo incorporaba recursos provenientes de América.
“Es una pieza que sintetiza los lenguajes europeos, pero también la materia americana”, explica Avendaño.
En Cristo en la cruz, realizada alrededor de 1640, López de Arteaga propone también una representación alejada de algunas imágenes anteriores. Cristo aparece contra un fondo casi negro, con el cuerpo pálido y apenas unas pinceladas que indican sus heridas. La ausencia de otros personajes concentra toda la atención en la figura.
Las obras de Alonso López de Herrera permiten, a su vez, recuperar parte de la historia de los lugares para los que fueron creadas. La Asunción de la Virgen y La Resurrección de Cristo, ambas de alrededor de 1625, formaron parte del retablo principal del templo del Convento de Santo Domingo, en la Ciudad de México.
Conocer ese origen modifica también la manera de mirar las pinturas: ya no aparecen únicamente como piezas de museo, sino como fragmentos de un conjunto mayor para el que fueron concebidas.
La presencia de ambos artistas permite acercarse así a un periodo de transición. López de Herrera, originario de Valladolid, y López de Arteaga, nacido en Sevilla, llegaron jóvenes a la Nueva España y trabajaron en un momento en que los modelos europeos seguían teniendo una fuerte presencia, mientras comenzaban a surgir características propias de la pintura desarrollada en América.
Para Avendaño Esquivel, las cuatro obras funcionan como “piezas bisagra” entre la pintura del siglo XVI y lo que ocurriría posteriormente, cuando cobrarían mayor presencia artistas nacidos en América.
La restauración de la Sala 3, realizada durante la primera mitad de 2026, incluyó también trabajos de mantenimiento, pintura y acabados, respetando las características históricas del proyecto arquitectónico de Silvio Contri. La intervención contó con el apoyo del Programa Desarrollo de Arte y Cultura BANAMEX 2025 y el acompañamiento de la Dirección de Arquitectura y del Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble (CENCROPAM).
La Sala 3 puede visitarse de martes a domingo, de 10:00 a 18:00 horas, en el Museo Nacional de Arte, ubicado en Tacuba 8, Centro Histórico de la Ciudad de México.
Más que una sala renovada, el MUNAL ofrece ahora un recorrido por un momento en que dos tradiciones comenzaron a mezclarse: la pintura europea y la materia, los espacios y las experiencias de la Nueva España. A veces, para entender cómo nació una expresión artística, basta con detenerse a mirar el color de un manto.





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