Un estudio antropológico de los restos de mujeres sepultadas en el Ex Convento de San Jerónimo muestra que el monasterio novohispano fue mucho más diverso de lo que habían señalado las fuentes históricas.

Durante siglos, el Ex Convento de San Jerónimo fue habitado por mujeres que compartieron un espacio profundamente regulado por la religión. Sus nombres y sus historias aparecen de manera fragmentaria en los documentos; pero ahora son sus propios huesos los que permiten reconstruir una parte desconocida de aquella comunidad.

El libro Las monjas jerónimas de la Ciudad de México, siglos XVI al XIX. Estudio osteométrico, presentado en la 37 Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, revela que la población del monasterio no estuvo integrada exclusivamente por españolas y criollas, como tradicionalmente se había considerado.

Las monjas jerónimas de la Ciudad de México, siglos XVI al XIX. Estudio osteométrico muestra que la congregación no solo aceptaba a españolas. Fotos Gerardo Peña, INAH.

El análisis de restos óseos de mujeres sepultadas entre 1585 y 1878 identificó la presencia de distintos grupos: españolas, mestizas, indígenas, mulatas y, en casos aislados, mujeres de origen asiático. También se encontraron restos con evidencia de modificación cefálica intencional.

La investigación parte de una colección recuperada durante trabajos de salvamento arqueológico realizados en las décadas de 1970 y 1980. Los especialistas estudiaron esqueletos correspondientes a dos momentos históricos del convento y analizaron tanto la morfología de los cráneos como sus dimensiones mediante técnicas de craneometría y procedimientos estadísticos.

Cuando los huesos contradicen los documentos

El hallazgo modifica una idea que parecía respaldada por las fuentes históricas: que la orden jerónima recibía únicamente a mujeres españolas o hijas de españoles.

La antropóloga física Josefina Bautista Martínez, una de las autoras del estudio, señala que los restos muestran otra realidad. La pertenencia a determinados grupos de origen no habría sido el único factor para ingresar al convento; los recursos económicos parecen haber tenido un peso fundamental.

Así, el monasterio aparece como un pequeño universo social mucho más complejo de lo que dejan ver los documentos.

Pero los huesos no solo hablan de origen. También permiten acercarse a las condiciones de vida de las mujeres que habitaron el convento.

El estudio encontró evidencias relacionadas con actividad física, enfermedades, lesiones y condiciones congénitas. Entre los datos que llamaron la atención de los investigadores está la existencia de redes de apoyo para mujeres enfermas o con lesiones graves, lo que permite imaginar relaciones de cuidado dentro de una comunidad sometida a una estricta organización religiosa.

Coeditado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Universidad del Claustro de Sor Juana, el libro reúne el trabajo de especialistas en antropología física e investigación arqueológica y recupera también la labor pionera de la antropóloga María Teresa Jaén Esquivel, fallecida en 2014, en el estudio de esta colección.

Más que presentar una clasificación de restos humanos, la investigación propone leer los esqueletos como documentos. En ellos quedaron registradas diferencias de origen, enfermedades, formas de vida y experiencias que difícilmente aparecen completas en los archivos.

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