Por Mario Rojas R.
¿Por qué, se pregunta Carlo, la Tierra lleva ese nombre si está compuesta mayormente de agua?
El inquieto niño, protagonista de Palabrerías, novela del escritor mexicano Raúl Elcan, (seudónimo literario de Raúl González y Martínez de Escobar), lleva su curiosidad a “cazar” palabras, refranes y frases cotidianas cuyos significados reales o etimologías la gente desconoce al hablar.
Con un estilo ameno, a través de sus ojos, la novela analiza el significado de las palabras y, al mismo tiempo, explora la identidad, la cultura y el poder del lenguaje a través de los modismos y vocablos cotidianos.
El autor habló al respecto con Palabra Vacante.
Carlo, tu protagonista, se obsesiona con el lenguaje cuando descubre que alguien más lleva su nombre, en este caso Carlo Collodi, creador de Pinocho, ¿esta obsesión es tuya?
En efecto, como escritores, los personajes siempre llevan una parte nuestra. Yo tenía esa inquietud y no la había podido canalizar hasta que comencé a escribir y a coleccionar aquellas palabras cuyo significado no entendía y desarrollé historias a través de ellas.
Así se me ocurrió crear este personaje, Carlo Collodi, quien descubre esta obsesión cuando ve en una librería su nombre impreso. Y él, cuya existencia siempre había sido anodina, que nunca había tenía un papel protagónico en la vida, le pregunta a su padre cómo es posible que su nombre esté impreso en letras de oro en un libro.
Su papá le explica que siguiendo una creencia de que el nombre es destino, el día de su bautizo le puso ese nombre con la intención de asegurar para su hijo un futuro brillante.
En ese momento Carlo se obsesiona con el significado y el poder de las palabras y también empieza a coleccionarlas y a contar historias.
Cuando empezaste a rascar la superficie de las palabras, ¿qué te sorprendió más de lo que encontraste?
Más que sorpresa yo hablaría de una especie de señal de alerta. Siempre confiamos en que todo cuanto sale de nuestra voz es comprendido y entendido en el mismo sentido que la emitimos, pero no es así; o sea, yo puedo decir una palabra tan simple como, por ejemplo, Flor, y pienso que quien me escucha está pensando en una rosa, en un clavel o en una amapola, cuando en realidad me refería a mi tía Flor. Lo que quiero decir es: debemos cuidarnos de comprender, cuidemos las palabras que elegimos y asegurémonos de que el otro entienda en el mismo sentido que yo pretendo. Sí me sorprendió, pero sobre todo me preocupó esta parte que damos por sobreentendida.
¿Cómo hacer para disminuir esa brecha entre lo que se dice y lo que el otro entiende?
El único camino es estar seguro de las palabras que comprendemos nosotros, el sentido y el significado de las que pronunciamos, y si no es así tenemos la obligación de explicarlas, porque hay algunas complicadas, otras las heredamos de nuestra familia y las decimos sin saber lo que querían decir. Otra vez recurro a alguna de las que pongo en el libro: arrechucho.
La escuché por primera vez con uno de mis hermanos, quien me dijo preocupado que le había sobrevenido un arrechucho. Y yo me quedé con cara de qué es eso. No sabía si felicitarlo o darle el pésame. Entonces me puse a investigar lo que quiere decir.
Y otra cosa importante: muchas veces nos conformamos, si bien nos va, con buscar el significado en un diccionario y ahí no te cuentan toda la historia. Hay que ir más allá. Si realmente queremos buscar esa comprensión con el otro, debemos ir más allá y realmente saber qué significa cada una de las palabras que sale de nuestra boca.
Sobre todo, porque ese es el origen de muchos conflictos: entre lo que uno dice y lo que el otro entiende…
Definitivamente. Basta con dar una ojeada a cualquier periódico y vamos a darnos cuenta de que, en efecto, muchas veces esto deriva de una mala comunicación, de una mala comprensión entre las personas.
Por eso estoy convencido de que el lenguaje, más allá de la comunicación, cumple una función importantísima para conocer el sentido de la vida, el mundo que nos rodea.
En el libro planteas preguntas ingeniosas, por ejemplo, por qué llamamos Tierra al planeta que está mayormente compuesto por agua. ¿Es solo un juego de palabras, un juego literario o es una crítica a la desconexión que tenemos con nuestro entorno?
Son ambas cosas. Por un lado, cuando uno comienza a escribir encuentras respuestas o te haces preguntas, cualquiera de las dos cosas. Mientras yo escribía esa parte de la narración en la novela, cuando Carlo trata de recordar cómo fue su primera vez frente al mar y comienza a cuestionar a los mayores, a sus papás, decía: “Bueno, de verdad, ¿por qué le llamamos Tierra a este planeta si el 70% está rodeado de agua?”.
Entonces, piensa: “Sería hasta más poético llamarle, por ejemplo, planeta mar”. Podría ser una reflexión interesante, sé que no va a provocar un cambio, pero vale la pena preguntarnos y a veces hasta resulta curioso entender por qué llamamos como llamamos a las cosas.
El lenguaje es nuestra herramienta más perfecta, pero a la vez tiene parches, metáforas absurdas…
Desde mi punto de vista, más que una herramienta perfecta es un don único el que tenemos los humanos, el don de la palabra. Pero, desafortunadamente, muchas veces no lo sabemos utilizar, pues las emitimos sin conocer lo que queremos decir. Entonces, sí, tenemos el don, qué padre, pero el chiste es cómo lo aprovechamos.
En el libro rescatas el origen de dichos españoles y latinoamericanos, por ejemplo, saber a dónde mandamos a alguien cuando lo mandamos al carajo…
Así es, esa es otra palabra que me encanta. ¿Cuántas veces no la decimos o somos enviados al carajo? Y yo reflexionaba, ¿dónde queda? Bueno, pues lo están mandando a la punta del mástil de un barco, ahí es, y tiene su historia, por supuesto. Ahí es adonde el capitán de un barco mandaba a un marino que no había tenido un comportamiento adecuado. Cuando eso sucedía, lo castigaba y lo mandaba al carajo. Y allá arriba, pues padecía frío, mareos por el movimiento del barco, incomodidad. Eso es el carajo. Entonces, la próxima vez que a mí me manden allá, ya sé a dónde es.

¿Y por qué es importante tomar conciencia del origen de la las palabras? ¿Crees que habría mayor entendimiento entre nosotros si tenemos conciencia de esto?
Definitivamente, además, pienso que antes de buscar ese entendimiento con el otro, lo primero es encontrarlo con nosotros mismos. Mientras escribía esta novela me pasó que encontré en las palabras que pronunciaban mis abuelos parte de mi biografía; en las familias, en todo núcleo familiar, se crea un lenguaje propio, cuyas palabras quizá tienen un sentido distinto para alguien más, pero dentro de ese núcleo familiar posee un sentido particular, y eso habla de tu historia, de tu biografía, de tus padres, de tus abuelos, de tus hijos. Eso es vital, primero entender de dónde venimos y qué somos. Para muchos es una utopía encontrar este sentido de la vida, pero por lo menos es una búsqueda y eso para mí ya es el sentido de la vida, la búsqueda permanente por tratar de saber quiénes somos y de dónde vinimos.
Tu libro demuestra que el idioma es un ente vivo, en constante cambio, y no le pertenece a la RAEE, sino a la gente que está en la calle y lo habla…
Absolutamente, y qué bueno que lo comentas. Muchas veces caemos en esta normativa dictada por alguien más que está muy lejos de nosotros, sí, cumple una función necesaria, porque si no, sería un caos. Pero debemos entender que la palabra y el lenguaje están vivos. Antes, por ejemplo, ni siquiera se empleaba la palabra inclusivo y hoy es de uso común, puedes o no estar de acuerdo con utilizarla, pero está ahí y debemos tratar de entenderla y respetarla. Yo no la empleo, sin embargo, respeto a quien la utiliza. El lenguaje responde a una época, una circunstancia, una forma de ser, y así lo debemos entender.
Otro ejemplo: se critica mucho, yo mismo lo he hecho en ocasiones, en herramientas como el WhatsApp que los jóvenes ya no utilizan ni la gramática ni la ortografía. A muchos no nos gusta, pero es signo de los tiempos y con los años veremos si el uso de íconos es apropiado o debe acabarse.
Palabrerías es como una invitación a despertar el piloto automático lingüístico en el que estamos y entender que cada vez que abrimos la boca, hacemos magia…
Lo has dicho muy bien, hubiera querido utilizar tus palabras en mi novela porque, efectivamente, es como tratar de despertar ese piloto automático en que navegamos por la vida, no solo con el lenguaje, sino en muchos sentidos: con los sentimientos, con las emociones. Siempre cabe esta reflexión y hacer un alto en el camino. En la novela Carlo hace una reflexión sobre el instante, un término que me encanta, y recuerda las palabras de un autor que dice: “Detente instante, eres tan bello”. Y es que es así, ¿cuántas veces vamos en este piloto automático, no nos detenemos en las pequeñas cosas que suceden día con día y eso es lo que forma nuestra existencia? Pasamos en este proceso automático sin detenernos en el instante. Ojalá muchas personas hicieran una reflexión como la que acabas de hacer respecto a la importancia de hacer este alto en el camino y dejar de navegar en automático en muchos sentidos. Me parece muy importante.
Título: Palabrerías
Autor: Raúl Elcan
Editorial: Ibukku
Páginas: 152





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