Cuando el dramaturgo Marcelo Treviño (Monterrey, 1990) conoció la obra y la vida de Peter Hujar y David Wojnarowicz, dos fotógrafos representativos de la contracultura neoyorquina de la década de los ochenta, quedó tan fascinado que no dudó en llevar su historia al teatro mediante una dramaturgia de intensa carga poética.

El resultado fue Después de Peter, obra galardonada con el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo Trejo 2024. Un año después, el texto llegó a escena bajo la producción de La Gorgona Teatro en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico.

«Para mí la importancia de este premio es que está dirigido a las nuevas generaciones de dramaturgos, escritores y escritoras. Pienso que es muy importante que existan estas plataformas, porque cada generación merece tener una voz y espacios para existir y explorar…».

Recrear el universo de Peter Hujar y David Wojnarowicz, quienes vivieron una época en la que el VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana) estaba rodeado de estigmas y discriminación, representó un gran desafío para Treviño quien confiesa que se obsesionó con su historia. La experiencia también le permitió acercarse al arte desde una perspectiva distinta, comenta en entrevista con Palabra Vacante, con motivo de la publicación de Después de Peter, libro editado por el Fondo de Cultura Económica (FCE) a partir de su dramaturgia.

¿Cómo te acercas a estos dos artistas de una época en la que aún no habías nacido?

—Lo que más me llamó la atención fue el universo de las artes visuales y las artes plásticas, un ámbito del que realmente no tengo conocimientos ni habilidades, y que tampoco había sido un interés particular para mí. Me sentí muy cómodo siendo simplemente espectador, apreciando ese mundo. Eso me alimentó mucho como artista y como creador escénico, porque también nos permite acercarnos al arte sin ese juicio crítico o técnico que, a veces, es muy cruel y está más alimentado por el sistema y por otras cosas que poco tienen que ver con el arte.

Fue durante una etapa de mi vida en la que me alejé un poco del teatro y me acerqué a otros espacios con mayor inocencia cuando encontré a estos dos artistas. Y, curiosamente, ese descubrimiento terminó devolviéndome al teatro. Fue como un laboratorio donde pude combinar distintos lenguajes: las artes visuales, la dramaturgia, el teatro y la literatura.

¿Qué tan enriquecedora fue esta experiencia para ti como dramaturgo?

—Muchísimo. Creo que gran parte de mi esencia personal está en la obra; quizá no en los hechos, pero sí en la esencia. Eso es lo que más me gusta de la literatura: es un lugar donde la esencia de los artistas queda profundamente plasmada, porque el creador tiene la oportunidad de desarrollarla y desplegarla.

Para mí, esa es una de las partes más interesantes del proceso. Aunque escribas algo que aparentemente no tiene nada que ver contigo, termina sintiéndose muy personal, hecho con partes de ti: con tu manera de mirar, con tu sensibilidad, con las razones por las que eliges una palabra y no otra. Por eso considero que escribir es un acto de enorme vulnerabilidad.

¿Cómo fue construir los diálogos?

—Para mí, la construcción de los diálogos siempre resulta muy interesante, porque a veces se juzga a quien se aleja del realismo o del naturalismo, de esa forma de hablar que reconocemos en la vida cotidiana.

Sin embargo, a mí me fascina la capacidad que tiene el arte para producir extrañamiento, para obligarnos a mirar cosas que normalmente no vemos. Creo que una obra de arte es una traducción profundamente personal de cada artista, y es precisamente en esa singularidad donde encuentro su sentido. Cada creador debe plasmar su propia mirada, aunque parta de la misma historia o de los mismos personajes. Y creo que es en el diálogo donde esa voz termina manifestándose.

La obra tiene un tono muy poético y, al mismo tiempo, muy crudo…

—Buscaba precisamente ese contraste: que, por momentos, la palabra pareciera flotar y, de pronto, se sintiera como un cuchillo. Me interesa pensar que todas las decisiones de un autor responden a una estrategia que alimenta algo mucho mayor que el propio diálogo.

No creo que las cosas deban ser accidentes. Aunque una obra pueda parecer espontánea o incluso accidental, siempre existe un pulso al que uno debe apegarse. Cada obra de arte tiene un ritmo propio, un pulso que le pertenece a ella misma, más que al artista.

¿Crees que, a partir de Después de Peter, el público se interese más por conocer la obra de estos dos fotógrafos?

—A mí me interesa mucho el artista como fenómeno. Siempre me ha parecido fascinante que existan personas que, de alguna manera, van a contracorriente de lo que el sistema espera de ellas. Quizá romantizo un poco esa figura, pero ser artista suele ser una decisión profundamente contradictoria desde un punto de vista práctico: no hay muchas oportunidades ni certezas.

Eso me ha llevado a preguntarme qué fue lo que sostuvo a otros artistas, cuál fue la fuerza que los impulsó a dedicar toda su existencia al arte. Porque un artista hace precisamente eso: entrega su vida al arte. No es una actividad accesoria ni un trabajo de ocho horas del que luego uno se desconecta. Es una forma de vivir, una obsesión. Al menos, ese es el perfil de artista que yo admiro.

Peter Hujar y David Wojnarowicz tenían justamente esa esencia que tanto me interesa. Eso fue parte de lo que intenté capturar. Además, ellos eran artistas visuales y, sin embargo, en esta obra lo que hacemos es escucharlos. Ese también fue mi reto: encontrar la manera de traducir en palabras las sensaciones que provocan sus imágenes.

Treviño concluye que espera llevar Después de Peter a otros escenarios y, por ahora, celebra que el libro surgido de su dramaturgia llegue a un público más amplio interesado en la literatura y el arte.

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